domingo, 1 de marzo de 2020

DESNUDO



Desnudo delante o detrás de un doble espejo. El mismo en el que antes se contempló mi madre. Ese en el que vio su piel perfecta y que se fue, perfecta, antes de tiempo, dejando una cicatriz que quedó abierta.

Repaso un cuerpo adulto que siempre veo, displicente, con los mismos ojos de eterna juventud de veinte años; supongo que por la paulatina disolución de mis neuronas.

Ella se acerca y me besa en la pequeña protuberancia del inicio de mi espalda allí donde empieza la tremenda cicatriz que separa nuestros glúteos. Aquella maldita escalera me dejó casi inerte y un montón de rostros preocupados preguntándome: “¿Puedes mover las piernas?” “Pues claro que puedo, que esperabais…”- respondo entre sollozos contenidos-.

Me besa allí en la frente donde la incipiente calvicie ha descubierto una cruz oculta. Cruz de funambulista de baratillo que en una silla y de pie sobre la cama, intenta sostener una sombrilla. Inicios en la aviación. Vuelo frustrado contra el cabezal. Caudal de tinta roja en mis mejillas. Abuelo que me examina las pupilas, inquieto por si siguen o no el movimiento de la luz de la linterna que le sirve de llavero.

Me besa en la rodilla. Guerra de piñas en “Villa Pinada”. Primos y primas ríen corriendo. Refugio de depósito de agua con groseras vigas cuyos forjados oxidados cortan como espadas. “¡Llevas la pierna colgando!” grita un niño. Corte limpio. Clínica de médico de pueblo. Cose con aguja e hilo de bramante. Desinfecta con el mismo brandy que se esconde en su aliento. Visión borrosa que el achaca a sus sucias gafas. No duele la herida, hiere mucho más la cura - pienso mientas muerdo el pañuelo que me sirve de única anestesia-. “No te muevas o perderás los puntos, niño”. Puntos perdidos.

Me besa en el cabello, donde hundido reposa el canto de una silla, y en la mano donde llevo clavado un bolígrafo “Bic”. Perdedor de causas nobles y alma confiada en la bondad de los amigos. “¿Acaso me crees capaz de atravesarte la mano con el boli? Vamos, ponla”. Mano atravesada. Una pelea, cráneo hendido. Otra vez brandy en una enfermería de colegio, esta vez con grapas y cabellos mal unidos para cerrar la ira.  
Tiene sus consecuencias enfrentarse al líder. Antes no lo sabía.

Me besa en la boca. “Nunca fui al dentista”, presumía. Cándido adulto que piensa en la simplicidad de un patinete. Registro de aguas bajo la pendiente que espera inquieto su siguiente vÍctima. “¡Vamos Rafa, no hagas el tonto!”, me grita Cristina “vas a asustar a los niños”. Varios dientes blancos destacan en el asfalto negro. El meñique mira hacia otro lado dando a la mano una apariencia inútil. No duele la herida, duelen ahora las miradas de la gente que huye. Solo mi mujer me abraza en el suelo. Y yo pienso: “Vamos Dios, dame una segunda oportunidad”. Seguro que volveré a cagarla.

Y al final un abrazo, por aquella vez, que en la ambulancia mi novia me perdía. Ya no pedí clemencia. ¿Juventud truncada? Angustia por lo que no hice. Después tranquila resignación, y tras la nada, escuchar su voz y agradecido volver a abrir los ojos.

No duelen las cicatrices que restañan heridas.
No duele la muerte.
Solo duele la vida no vivida.

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