En mitad del antebrazo izquierdo, tres dedos por encima de
la decolorada piel que deja el uso del reloj, una mancha oscura cargada de melanina,
y dentro de ella pequeños núcleos más oscuros, allí estaba, desde siempre. Cuando
deslizaba el dedo sobre su superficie, ligeramente abultada, Vicente recordaba
a su madre.
Las tardes invernales, en la cocina, junto al calor de aquel
artefacto que igual servía para cocinar como para calentar, alimentado por
pequeños trozos de leña de naranjo.
—Eso, hijo mío, es un antojo que tuvo la mamá cuando te
llevaba en mi vientre —decía Pilar, mientras su hijo la miraba embelesado,
orgulloso de llevar marcado en su piel la firma de su madre—, me apetecía con
ansia comerme una naranja, pero aquellos días no eran época de naranjas,
todavía era pronto. Y ahí la tienes, en tu brazo.
—Mamá, pero si no se parece en nada.
—¿Y qué más da?, es nuestra naranja.
Algo más arriba, sobre la ceja derecha, un
surco depilado partía el entrecejo en dos, tachando el peludo arco ciliar,
dividiendo el antes y el después del pequeño accidente doméstico que dio con
Vicente de morros contra el acerado canto de la vieja estufa, caliente para más
detalle.
La sangre brotó en desmesura, mientras el chico se deshacía
en un manantial de lágrimas de desconsuelo, apenas tenía tres años. Pilar, su
madre, no se dejó vencer por el escándalo bermellón. Con mimo lo llevó a la
pila, esa pila de granito desgastada de tanto frotar y donde ella lo lavaba
todos los sábados, enjuagándolo con el agua caliente puesta al fuego y hábilmente
templada para su niño. No hubo más remedio que darle un par de puntos de sutura
que, con el tiempo, dejaron aquella marca indeleble en la frente del muchacho.
—Estate quieto que te voy a hacer daño sin querer, ¿no
ves que solo voy a cortarte las uñas?
—Jolín, mamá.
La uña del dedo pequeño del pie siempre se resistía. Este
montaba ligeramente sobre su aledaño. Vicente no podía recordar si lo tuvo así
siempre o aquello se fue deformando con el paso de los años. Sus padres
compraban zapatos recios, de mala calidad, y él los iba domando poco a poco de
modo que, cuando comenzaba a acostumbrase a ellos, tenía que pasárselos a su
hermano menor. Allí no se desperdiciaba nada.
El lunar en la mejilla y la barbilla partida, carecían de
sospecha alguna. En su padre, abuelo, quién sabe si otros antepasados suyos, se
apreciaban estas características. Herencia. En la cara de su padre destacaban junto a una barba fuerte y ruda de dos días, de las que más que pinchar, abrasan, como la sentía él cuando su progenitor le daba, cansado y agotado por
el trabajo, el beso de buenas noches, impregnado de aroma a tabaco negro y
barato, quemado en desmedida.
—Y dice usted, que eso es todo, ¿no?
—Así es, señor, esas son las marcas que recuerdo de mi
hermano, como le dije antes, hace muchos años que no me fijo en esos detalles.
—Espere pues, vuelvo en un momento.
La sala era fría y aséptica, cargada de malos augurios
envueltos en formol. Esperó con desesperanza temiéndose un trágico desenlace.
Rezaba cuando volvió el enfermero.
—Vaya usted tranquilo, señor. El interfecto no tiene una
mancha de naranja, ni ceja partida, ni dedo del pie que monte sobre el vecino,
tampoco un lunar en la mejilla. Eso sí, la barbilla partida, como Kirk
Douglas.
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