Cuando era niño, mi familia todos los años, en primavera o verano escapaba de la ciudad donde vivíamos, Segovia, para visitar el pueblo de mi padre, Xátiva. Para mi estos viajes eran una aventura, que me recordaban los viajes en las novelas de Julio Verne. Por unas horas imaginaba ser Strogoff, atravesando la estepa rusa, en lugar de La Mancha. Salíamos de Segovia por la tarde hacia Madrid, donde, después de cambiar de estación, tomábamos el expreso nocturno hacia Valencia. Que llegaba a Xátiva con las primeras luces del día. Mis padres encajaban las maletas entre los dos asientos del compartimento, improvisando una cama donde dormíamos mi hermano pequeño y yo. Teníamos la suerte de que los pasajeros que se asomaban por la puerta del pasillo, al ver dos niños pequeños, preferían buscar otro compartimento. Así que era como si el tren fuera nuestro. El traqueteo monótono del tren y el paso de las luces nos acunaban y conseguíamos dormir razonablemente a pesar de la incomodidad de la cama. Desde entonces siempre me quedo dormido en cuanto subo a un tren. Al llegar a Xátiva, mis abuelos nos esperaban cargados de monas de pascua, si era la época, o bizcochos en verano. Pero el recuerdo más vívido que guardo es el del olor a azahar, cuando bajábamos del tren, tan ajeno a la ciudad donde vivíamos.
domingo, 20 de octubre de 2019
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