Aquel agosto asfixiante nos llevó a través de áridos caminos hasta aquel rincón del río que papá cuidaba y limpiaba para nosotros. Llegamos sudorosos, acompañados por el canto de las cigarras, deseosos de notar la frescura del agua sobre nuestra piel cubierta de sol.
Papá, mamá, mi hermano y yo soltamos las toallas sobre las piedras que hacían de solárium junto a la orilla. Conocíamos bien ese tramo del río, habíamos crecido entre sus juncos, sus piedras resbaladizas y las cañas que se alineaban a cada lado.
Llevaba mi triquini preferido con estampado de flores sobre fondo blanco. Lo usaba tan a menudo que su silueta blanca se había tatuado sobre mi cuerpo bronceado y permanecía allí durante el invierno.
Mi hermano, con su bañador multicolor, saltó el primero al agua y me salpicó de gotas tan frías que me estremecieron y erizaron mis sentidos. Me abalancé hacia él para devolverle la broma y mojar su flequillo, tan rebelde como él.
Mis padres vigilaban desde la orilla hasta que se decidieron a acompañarnos. Mamá, que no sabía nadar, resbaló al entrar y quedó sumergida bajo el agua, aunque solo cubría por la rodilla. Una y otra vez, sacaba la cabeza y de nuevo volvía a desaparecer. Todos reíamos al verla. Pensábamos que era un juego, pero casi se ahoga de verdad ante nuestros ojos. Papá la cogió al vuelo y la sujetó hasta que recuperó el equilibrio. Nunca más volvió a bañarse.
Pilar Alejos Martínez.
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