sábado, 19 de octubre de 2019

Yo era un niño de pantalón corto, mi hermano algo mayor.
Mi tía, soltera y madraza, nos llevó a la estación del Norte, nos acompañaba mi primo mayor, todo un hombre! ya había hecho la mili! en aquellos tiempos y en este país hacía falta un hombre para casi todo y aún más a aquellas horas, la una de la madrugada.
Nos iban a embarcar a los dos en el sevillano, tren expreso a vapor que venía de Barcelona y cuyo destino era Sevilla, previo cambio de vagones en Alcazar se San Juan. En Sevilla nos recogerían mis padres. Pues bien esto requería una cierta organización  como luego os contaré.
El tren, tras casi dos horas de retraso, asomó por la cabecera de andén bramando y echando un enorme penacho de vapor de su locomotora, inundando de un fuerte olor a carbonilla la preciosa estación de  València. Mis piernas comenzaron a temblar.
Aún no se había detenido el tren en el andén cuando la gente subía, bajaba, introducía maletas por las ventanillas...yo estaba aterrorizado.
Mi tía y  mi primo ya estaban hablando con el señor revisor, a mis ojos un hombre imponente, con un precioso uniforme azul con dorados, un gran mostacho y un quepis que para sí hubiese querido el general DeGaulle.
.- Los niños van a Sevilla, aquí tiene los billetes, viajan en el compartimento 29 de segunda clase, están con una familia que son amigos del señor Eduardo vecino nuestro, le pediría que en Alcazar estuviese usted al tanto por el cambio de vagón.
Dijo mi tía dando por supuesto que todo el mundo conocía al Sr.Eduardo
.-Descuide señora que ya les echaré unos cuantos vistazos hasta Sevilla.
A continuación mi primo, mientras le daba una fuerte palmada en el hombro, deslizó un billete de 25 pesetas en su bolsillo. Aquí terminó la intervención masculina de mi primo.
Subimos al vagón y tras diversos empujones, apreturas y surtido de aromas, llegamos al compartimento 29, donde ya se encontraba la familia amiga del Sr.Eduardo a la cual yo no conocía de nada.
Mi tía y la madre de aquella familia intercambiaron saludos, consejos, recomendaciones, agradecimientos y provisiones para el viaje. A mi hermano y a mi, las últimas instrucciones, besos y alguna lagrimita mientras descendían del vagón.
La máquina  pitó, chorro de vapor y ruido de bielas y tras muchas, muchas horas, chorizos,tortillas, ronquidos, mamá tengo sed, niño estate quieto, aquel tren de mi infancia entró en la estación de Sevilla, donde aunque parezca imposible, nos esperaban mis padres.

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