Es 22 de diciembre, primer día de las vacaciones.
Esta mañana han cantado la lotería por la radio y por la tarde hemos puesto el belén.
Se hace de noche y mi padre me pide que cierre las contraventanas. Los
cristales están empañados y fuera empieza a helar.
Tocan a la puerta. “Ya voy yo”, dice mi padre. “Buenas
noches, Don Guillermo y Don Francisco, felices Pascuas, qué gusto tenerlos en
casa”, miente mi padre con la forzada hospitalidad de quien no puede hacer otra
cosa. Desde la vuelta del pasillo los observo fascinado. Don Francisco y Don
Guillermo, los dos curas gemelos de San Roque visitan las casas del barrio para
recoger limosnas y felicitar las fiestas.
Son exactamente iguales: bajitos, regordetes y calvos. Llevan
la misma boina, el mismo abrigo pesado y negro, la misma sotana que asoma por
debajo y que deja ver unos zapatones también negros, gastados y sorprendentemente
polvorientos. Uno de ellos lleva una cuna con el Niño Jesús de tamaño casi
natural.
Ya acomodados en el cuarto de estar, mi madre aparece con una
bandeja llena de dulces. A mis hermanos y a mí se nos ilumina la cara. Hay de
todo: mantecados de la abuela, polvorones, peladillas, turrones y hasta
figuritas de mazapán. Mi padre les ofrece tabaco y una copita de vino dulce mientras
mi madre nos indica, con una única y eficiente mirada, que este derroche es sólo
para la visita.
Los mayores hablan de no sé qué, pero yo sólo veo cómo los dos
invitados se van comiendo una tras otra las figuritas de mazapán y pienso si me dejarán alguna para Nochebuena.
“Niños venid a saludar a los señores curas”. Obedientes, desfilamos
los cuatro hermanos para besar al Niño Jesús que han traído y recibir algún
consejo. “Alvarito, tú has cumplido siete años y ya tienes uso de razón, en
mayo harás la primera Comunión”, me dice uno de los curas mientras me pellizca
una mejilla. El Niño Jesús huele como la Iglesia, a madera, incienso y cera. Los
curas huelen a cura, una mezcla agria de sudor y polvo que durante años pensé
que era parte inseparable del color de la tela negra.
Mi padre sale a la puerta a despedirlos mientras les ofrece,
resignado, el sobre que habían venido a buscar. Dentro, mi madre vuelve a guardar
cuidadosamente los dulces que quedan, y que son los que podremos comer en
Nochebuena. Mientras los curas se marchan me pregunto si su madre no les enseñó
que no se deben comer tantos dulces cuando vas de visita, ni salir de casa con
unos zapatos tan sucios.
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