sábado, 19 de octubre de 2019

Primer día de Navidad


Es 22 de diciembre, primer día de las vacaciones. Esta mañana han cantado la lotería por la radio y por la tarde hemos puesto el belén. Se hace de noche y mi padre me pide que cierre las contraventanas. Los cristales están empañados y fuera empieza a helar.
Tocan a la puerta. “Ya voy yo”, dice mi padre. “Buenas noches, Don Guillermo y Don Francisco, felices Pascuas, qué gusto tenerlos en casa”, miente mi padre con la forzada hospitalidad de quien no puede hacer otra cosa. Desde la vuelta del pasillo los observo fascinado. Don Francisco y Don Guillermo, los dos curas gemelos de San Roque visitan las casas del barrio para recoger limosnas y felicitar las fiestas.
Son exactamente iguales: bajitos, regordetes y calvos. Llevan la misma boina, el mismo abrigo pesado y negro, la misma sotana que asoma por debajo y que deja ver unos zapatones también negros, gastados y sorprendentemente polvorientos. Uno de ellos lleva una cuna con el Niño Jesús de tamaño casi natural.
Ya acomodados en el cuarto de estar, mi madre aparece con una bandeja llena de dulces. A mis hermanos y a mí se nos ilumina la cara. Hay de todo: mantecados de la abuela, polvorones, peladillas, turrones y hasta figuritas de mazapán. Mi padre les ofrece tabaco y una copita de vino dulce mientras mi madre nos indica, con una única y eficiente mirada, que este derroche es sólo para la visita.
Los mayores hablan de no sé qué, pero yo sólo veo cómo los dos invitados se van comiendo una tras otra las figuritas de mazapán y  pienso si me dejarán alguna para Nochebuena.
“Niños venid a saludar a los señores curas”. Obedientes, desfilamos los cuatro hermanos para besar al Niño Jesús que han traído y recibir algún consejo. “Alvarito, tú has cumplido siete años y ya tienes uso de razón, en mayo harás la primera Comunión”, me dice uno de los curas mientras me pellizca una mejilla. El Niño Jesús huele como la Iglesia, a madera, incienso y cera. Los curas huelen a cura, una mezcla agria de sudor y polvo que durante años pensé que era parte inseparable del color de la tela negra.
Mi padre sale a la puerta a despedirlos mientras les ofrece, resignado, el sobre que habían venido a buscar. Dentro, mi madre vuelve a guardar cuidadosamente los dulces que quedan, y que son los que podremos comer en Nochebuena. Mientras los curas se marchan me pregunto si su madre no les enseñó que no se deben comer tantos dulces cuando vas de visita, ni salir de casa con unos zapatos tan sucios.

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