Íbamos a la escuela infantil de
Viveros. Estaba y sigue estando dentro de los Jardines del Real en el Pasaje de
Antonio Machado. Ahora junto a su acceso hay una escultura del Pato Donald
recordando a Walt Disney. Las madres de nuestra generación escuchaban continuamente
la radio y si el parte meteorológico anunciaba lluvias, ponían mala cara y no
nos dejaban salir de casa, aunque sólo cayeran cuatro gotas. Si la lluvia elevaba
el nivel del Turia sobrepasando los límites del cauce interior, los niños nos
quedábamos en casa. Entonces eran los mayores los que mudaban el semblante a un
gesto aún más serio y salían apresurados a comprar provisiones: agua, arroz,
patatas, legumbres. Que almacenaban llenando la despensa, por si se avecinaba
de nuevo otra riada.
Le llamábamos Lina, aunque su
nombre completo era Paulina. Cada mañana nos encontrábamos en la calle del Doctor
Moliner frente a la Iglesia de San Pascual Bailón. A ella le acompañaba una tía
y conmigo venía mi hermana Migües y una cuidadora que se llamaba Palmira. Al
llegar al Paseo de Valencia al Mar, Lina y yo nos separábamos del grupo y nos
cogíamos de la mano. Así andando deprisa, casi corriendo, pero sin decirnos
nada llegábamos al cruce de General Elio y allí nos soltábamos las manos y
esperábamos a los demás.
En clase estábamos en pupitres separados,
pero a la hora del almuerzo siempre nos buscábamos y nos acomodábamos juntos.
Le gustaba la aventura y por eso nos sentábamos en una piedra grande, el
bordillo de alguna fuente o escultura del parque, la rama de un árbol o en el puro
y duro suelo, según las ganas de correr riesgos que tuviéramos ese día. Así además
de almorzar pasábamos un buen rato escalando paredes, trepando a los árboles o
explorando tuberías o cuevas. Yo le decía que éramos piratas, gladiadores o
mosqueteros y ella seguía el juego. Lina y yo teníamos un acuerdo: compartíamos
el almuerzo al 50%. Ella llevaba todos los días fruta para almorzar, siempre
fruta. Y sólo fruta. De Valencia: naranjas, mandarinas, caquis, nísperos, ciruelas,
pavías, melocotones, cerezas, fresas o de ultramar: plátanos, piña, coco, a
veces chirimoyas, que eran unas frutas muy raras, se comían con cucharita y
tenían muchos huesos. Ella me daba la mitad de su fruta y yo le daba la mitad
de mi bocadillo que casi siempre era de mortadela o de mantequilla de colores.
En mi casa éramos seis hermanos y el presupuesto no permitía mayor variedad. Cuando
intercambiábamos las porciones del almuerzo exagerábamos los gestos como si
todo estuviera delicioso y pasábamos un rato estupendo. Éramos la envidia de
muchos.
Una mañana nos encontramos de
camino al colegio y rehusó coger mi mano. Así que hice el resto del trayecto
cabizbajo y casi arrastrando los pies. Avergonzado no me atreví a decirle nada.
¿Qué pasaba? ¿Le había ofendido en algo? Esperé que llegara la hora del
almuerzo y percibí que el tiempo se deslizaba muy lentamente, mientras que en
otras situaciones más divertidas se desvanece apresurado. Al salir de clase la
busqué y vi que se sentaba en un banco con otro chico y compartía el almuerzo
con él, como tantas veces había hecho antes conmigo. Pensé si podría ser un
cambio puntual, pero pasaron los días y Lina rechazaba mi mano, no me miraba, o
lo hacía con indiferencia en el trayecto al colegio y desde luego seguía
almorzando todos los días con el mismo chico. La falta de comunicación y el lánguido
transcurrir del tiempo me torturaban. Hasta que un día me armé de valor y de camino
a Viveros me acerqué a ella y le pregunté.
—Paulina ¿Por qué?
—Lo siento, estaba harta de la
mantequilla de colores y las aventuras arriesgadas. Jaime Gómez-Trénor trae
bocadillos de lomo de caña, jamón ibérico, morcón, y otras cosas muy, muy
ricas. Además, almorzamos sentados en un banco y no necesito correr, escalar, hacer
esgrima, navegar o bucear en el Caribe.
No hay comentarios:
Publicar un comentario