Mi primo y yo estábamos en esa edad en
la que un niño piensa que las niñas no sirven para nada; sus juegos son
demasiado ñoños y cursis y los nuestros demasiado arriesgados o violentos para
ellas. Esa tirria hacia las chicas era aumentada por culpa de Clara, nuestra vecina,
una niña dos años mayor a quien le gustaba burlarse de nosotros porque no
sabíamos nadar.
El recuerdo más nítido que tengo de mi
infancia es el de una mañana de agosto. Mi primo y yo estábamos de pie frente
al borde de la piscina del chalet de mis padres lanzando a nuestros superhéroes
de plástico al agua. Curiosamente, los que tenían capa, como Superman, Batman o
el Dr. Muerte, flotaban bocabajo en la superficie del agua, y nos parecía que
estuviesen volando, mientras observaban cómo iban hundiéndose en el fondo el
resto de muñecos que tirábamos. Por esto, nosotros llevábamos, a modo de capa,
nuestra toalla anudada alrededor del cuello.
Por qué Clara entró en el chalet, llegó
hasta la piscina y empujó esa mañana a mi primo a la piscina, es algo que nunca
sabremos. Yo me quedé mirando cómo se iba hundiendo mientras él no dejaba de
agitar sus brazos y piernas. Yo esperaba que saliera a flote igual que mis superhéroes
con capa, pero la toalla no hacía más que hundirlo más.
Fue mi padre, que estaba en el cuartucho
donde se encontraba la depuradora de la piscina, quien escuchó un chof
seguido de un silencio demasiado largo. Salió corriendo y vio a mi primo en el
fondo del agua rodeado de pequeños superhéroes de plástico. Se lanzó y lo sacó.
Deshizo el nudo, le quitó la toalla del cuello y, una vez comprobó que solo
había tragado un poco de agua, me miró, enfadado, como nunca lo había visto, y
me dijo:
- - ¡¿Pero se puede saber qué coño has
hecho?!
Yo me quedé mirando a mi padre y,
apuntando con el dedo a la toalla empapada, le dije:
- - Esa capa está rota.
FIN
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