lunes, 2 de diciembre de 2019

Reflexiones en el quirófano



La sentencia estaba pronunciada. El temible diagnóstico se confirmó, el pavoroso cangrejo estaba dentro de él, hurgando en su carne con sus despiadadas tenazas, despedazando a su fiel compañero de correrías, encuentros fortuitos después de las discotecas. Nada serio, algunas veces intercambiaron los números de teléfono, un par de veces lo llamaron a él, otras veces llamó él. Un día intentó invitar a cenar a una de sus amigas ocasionales, la tía estaba buenísima, incluso, pensó en una relación seria, pero le dieron con la puerta en las narices. “Es que aquella noche iba un poco bebida.  Discutí con mi novio y solo buscaba venganza. Pero ahora estamos otra vez juntos”. Con sus cuarenta años no estaba casado ni tenía hijos, quizás jamás los tendría, a no ser que encontrara a una mujer compasiva que lo aceptara a él y a sus espermatozoides criogenizados. Tendría que cambiar sus criterios de búsqueda. Nada de noventa, sesenta, noventa, se conformaría con cualquier cuerpo capaz de engendrar y dar a luz. Porque él se iba a poner bien, no podía ser de otra manera. Tenía tantas ganas de vivir, de ser padre, de ver crecer a sus hijos, de estar con esa única mujer de su vida al lado de la que envejecer. El médico dijo que lo detectaron a tiempo, que lo más importante ahora era seguir al pie de la letra todas las pautas del tratamiento y tener paciencia. No pensaba desesperarse, estaba seguro de que se pondría bien. Solo no podía perdonarse que comprendió demasiado tarde que la virilidad no se medía ni en el tamaño de su pene ni en la cantidad de polvos casuales.  

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