La sentencia estaba pronunciada. El temible diagnóstico se confirmó, el
pavoroso cangrejo estaba dentro de él, hurgando en su carne con sus despiadadas
tenazas, despedazando a su fiel compañero de correrías, encuentros fortuitos
después de las discotecas. Nada serio, algunas veces intercambiaron los números
de teléfono, un par de veces lo llamaron a él, otras veces llamó él. Un día
intentó invitar a cenar a una de sus amigas ocasionales, la tía estaba
buenísima, incluso, pensó en una relación seria, pero le dieron con la puerta
en las narices. “Es que aquella noche iba un poco bebida. Discutí con mi novio y solo buscaba venganza.
Pero ahora estamos otra vez juntos”. Con sus cuarenta años no estaba casado ni
tenía hijos, quizás jamás los tendría, a no ser que encontrara a una mujer
compasiva que lo aceptara a él y a sus espermatozoides criogenizados. Tendría
que cambiar sus criterios de búsqueda. Nada de noventa, sesenta, noventa, se
conformaría con cualquier cuerpo capaz de engendrar y dar a luz. Porque él se
iba a poner bien, no podía ser de otra manera. Tenía tantas ganas de vivir, de
ser padre, de ver crecer a sus hijos, de estar con esa única mujer de su vida
al lado de la que envejecer. El médico dijo que lo detectaron a tiempo, que lo
más importante ahora era seguir al pie de la letra todas las pautas del
tratamiento y tener paciencia. No pensaba desesperarse, estaba seguro de que se
pondría bien. Solo no podía perdonarse que comprendió demasiado tarde que la
virilidad no se medía ni en el tamaño de su pene ni en la cantidad de polvos
casuales.
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