martes, 25 de febrero de 2020

CIEN PAVOS (Jorge)


¡Cien pavos!, se escuchaba a lo lejos, ¡Quiero mis cien pavos!

Cuando giré la esquina pude ver lo que estaba ocurriendo: un hombre, vestido con un mono reflectante de jardinero, reclamaba a otro hombre, de ropa sucia y roída, cien euros por haberle rayado el coche.

El hombre con mono reflectante de jardinero que además llevaba un cigarro anclado en la oreja, decía que no se pasaba el día currando para que luego le rayasen el coche y nadie se lo pagase. El hombre de ropa sucia y roída que además tenía acento extranjero le decía que había sido sin querer al pasar entre los coches.

Yo, que tenía que escribir un relato basado en algo que viese en la vida real, pensé que era una situación idónea para sacar una historia. Solo tenía que esperar y ver el desenlace.

El hombre de ropa sucia y roída con acento extranjero que además escupía al suelo con cierta frecuencia iba alejándose del enfrentamiento, mientras que el hombre vestido con mono reflectante de jardinero que llevaba un cigarro anclado su oreja y que además tenía una barba de varios días sin afeitar, dijo que iba a llamar a la policía. Ambos comenzaron a gritar. “A mí no me amenaces”, “Pues dame mis cien pavos”, etc.

Vi que, como ciudadano, tenía tres opciones. Una, seguir como mero espectador y ver cómo terminaba aquello para llegar a casa y escribirlo (no era una mala opción). Dos, ser un ciudadano ejemplar y meterme en medio para calmar los ánimos y ser protagonista de mi propia historia (descartado). Tres, irme a casa e inventarme un final dado que necesitaba orinar y aquello se estaba alargando (opción que escogí).

Tras tirar de la cadena, cogí mi libreta y bolígrafo y me puse a escribir el relato:

¡Cien pavos!, se escuchaba a lo lejos, ¡Quiero mis cien pavos!



FIN

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