¡Cien pavos!, se escuchaba a lo lejos, ¡Quiero mis cien
pavos!
Cuando giré la esquina pude ver lo que estaba ocurriendo: un
hombre, vestido con un mono reflectante de jardinero, reclamaba a otro hombre, de
ropa sucia y roída, cien euros por haberle rayado el coche.
El hombre con mono reflectante de jardinero que además llevaba
un cigarro anclado en la oreja, decía que no se pasaba el día currando para que luego le rayasen el
coche y nadie se lo pagase. El hombre de ropa sucia y roída que además tenía
acento extranjero le decía que había sido sin querer al pasar entre los coches.
Yo, que tenía que escribir un relato basado en algo que
viese en la vida real, pensé que era una situación idónea para sacar una
historia. Solo tenía que esperar y ver el desenlace.
El hombre de ropa sucia y roída con acento extranjero que
además escupía al suelo con cierta frecuencia iba alejándose del enfrentamiento,
mientras que el hombre vestido con mono reflectante de jardinero que llevaba un
cigarro anclado su oreja y que además tenía una barba de varios días sin
afeitar, dijo que iba a llamar a la policía. Ambos comenzaron a gritar. “A mí no
me amenaces”, “Pues dame mis cien pavos”, etc.
Vi que, como ciudadano, tenía tres opciones. Una, seguir
como mero espectador y ver cómo terminaba aquello para llegar a casa y
escribirlo (no era una mala opción). Dos, ser un ciudadano ejemplar y meterme
en medio para calmar los ánimos y ser protagonista de mi propia historia (descartado).
Tres, irme a casa e inventarme un final dado que necesitaba orinar y aquello se
estaba alargando (opción que escogí).
Tras tirar de la cadena, cogí mi libreta y bolígrafo y me
puse a escribir el relato:
¡Cien pavos!, se escuchaba
a lo lejos, ¡Quiero mis cien pavos!
FIN
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