Por
fin el trabajo le había dado un respiro. La semana le había resultado
agobiante, plagada de viajes y reuniones de trabajo. Deseaba llegar a casa
cuanto antes y recuperar el aliento en la quietud de su hogar. Al entrar, respiró
el aroma que desprendían las estancias, sus libros, todas sus cosas. Lo reconocía
como propio, exclusivo y familiar. Se despojó del traje y la corbata. Se dio un
baño y luego, se puso cómodo. Contestó los emails recibidos a última hora que
seguían pendientes de respuesta y no podían esperar. Una vez hubo finalizado, lanzó
un sonoro suspiro. Ya no podía más. En toda la semana, no había podido quitarse
de la cabeza la novela que empezó hace unos días y que tuvo que interrumpir
su
lectura de manera precipitada por un imprevisto que surgió en la oficina.
Buscó la paz del estudio para
aislarse del mundo mientras se sumergía de nuevo entre sus páginas. Allí, junto
a la ventana que daba a la tranquila calle de atrás y de espaldas a la puerta,
le esperaba su sillón preferido. Adoraba aquel olor que desprendía cuando acariciaba
su suave piel marrón con la mano izquierda. Usaba la derecha para pasar las
hojas que leía con la cabeza apoyada en el respaldo. Tenía a su alcance todo lo
que necesitaba para disfrutar del placer de leer una excelente historia. A
pesar de los días transcurridos, no había olvidado lo leído hasta ahora.
Recordaba a cada uno de los personajes, sus nombres y las relaciones que
mantenían entre ellos. Poco a poco, se fue abstrayendo de lo que sucedía a su
alrededor y se vio inmerso por completo en la historia. El atardecer inundó la
estancia de una luz rojiza que dio mayor calidez a las palabras que lo
absorbían sin darse cuenta. A través de la ventana, reconoció a la pareja que
vio en la acera de enfrente y que buscaba las sombras para encontrarse. Ella acarició
los labios resecos de él con la yema de los dedos. Lo abrazó como para infundirle
valor. Después, entraron enlazados en la casita del otro lado de la calle y que
yo creía deshabitada. Pasado un tiempo, salieron cogidos de la mano. Se
despidieron con la desesperación de los amantes que necesitan ser libres. Un
susurró de viento se llevó el nombre del obstáculo que les impedía vivir aquel
amor. Debía ser eliminado. Luego, ella corrió calle arriba sin mirar atrás. Él
echó a andar en dirección contraria con las manos en los bolsillos del abrigo.
Pero antes, miró atrás para comprobar que ella se encontraba a salvo. En el
bolsillo derecho, su mano temblaba aferrada al frío metal. En su cabeza,
resonaban las instrucciones de ella: la llave escondida bajo una baldosa suelta
de la entrada. En un papel, la clave para desconectar la alarma. El personal de
servicio ya se habría marchado. De frente, encontraría la escalera que debía
subir. Arriba, a la derecha, tras la segunda puerta, el estudio. Frente a la
puerta, inspiro antes de entrar para recuperar el aliento. Allí, sentado en un
sillón de piel marrón de espaldas a la ventana, encontró al hombre que acariciaba
el brazo del sillón mientras leía con la cabeza apoyada en el respaldo. La luz
que entraba por el ventanal tiñó de rojo atardecer el frío metal.
Pilar
Alejos Martínez.
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