La ventisca y el intenso frío boreal recorren sin oposición alguna la inmensa llanura ártica lamiendo el pequeño iglú. La vieja inuit descansa en su interior ligeramente iluminado por un candil, envuelta en una amarilla piel de oso. El hornillo desprende un cierto olor a grasa y queroseno y mantiene la habitación a una temperatura apenas aceptable. A su edad, ya van para cincuenta, está ya casi ciega pues el fulgor del hielo ha ido quemando poco a poco las córneas de sus ojos y su boca desdentada de tanto masticar la piel de foca tan sólo le sirve para sorber la sopa.
Gasta su tiempo recordando historias que la mantienen viva durante la larga velada invernal apenas iluminada por alguna aurora. Ella y sus hijos jugando con la nieve en los cortos meses del verano y en la inexistente primavera. Cazando focas, ballenas y aquel narval cuyo cuerno le sirve ahora de báculo. Repasaban juntos las fotos de su gastado libro adquirido a un comerciante de aceite canadiense. Se sorprendían del color y forma de las flores, de cómo la gente caminaba casi desnuda por la playa mojando sus cuerpos en el agua, de esas grandes ciudades de cemento con multitud de personas y automóviles hormigueando por las calles, y de las decenas de animales que pastaban en una hierba verde. Y todo ello sobre el suelo firme de una tierra plana, allí donde terminaban el hielo y los océanos. Y sobre todo le gustaban las fotos de los niños, de diversas razas que jugaban y reían. Niños gordos y flacos, desnudos o vestidos de mil formas y colores, con el pelo rizado y liso, pero niños. Su vida y sus recuerdos eran de niños. Niños que le hablaban en la duermevela de su hibernación forzosa. Niños que le cantaban con el viento y le abrazaban con el calor del fuego. Catorce partos tuvo y doce niños sostuvo entre sus brazos, con sus rostros redondos y achinados, casi iguales. Sólo dos le arrebató la muerte, sus dos pequeñas figurillas de marfil siempre le acompañan atadas con un cordel a la cintura. De ellas creía oír sus voces en el oscuro día, pero al salir sólo encontraba un pequeño hatillo con provisiones y un par de sombras apenas dibujadas tras la niebla.
Dos pequeños, ríen divertidos arrastrando ligero su trineo. Sobre él, la vieja inuit se abandona hacia un sopor eterno al sentir la primera cuchillada de aire frío.
¡No os vayáis! grita la anciana, ahora desnudo saco de huesos desde el gélido suelo.
Un niño y una niña se alejan jugando sin mirarla y una estatua de lágrimas heladas es convertida en túmulo por un manto de nieve.
No hay comentarios:
Publicar un comentario