martes, 25 de febrero de 2020

LA CARAVANA

LA CARAVANA

Las diez menos cuarto de la noche y el encargado espera inquieto para cerrar la puerta del supermercado. 

Miguel va recogiendo carros de uno en uno. Lleva todo el día empujándolos de una salida a otra. Le duelen los riñones pero no se queja. Nunca le gustó hacerlo, pero Miguel tiene asumido su papel de mula. Sí, mula de carros. 

  • El mundo al revés, colegas. Antes los animales iban delante de los carros y ahora las personas van detrás ¿Qué es lo que más importa? ¿El animal o el cargamento? - dice mientras almuerza su bocata de tortilla de patatas con mahonesa. 
  • No te cuidas Miguel, tanta filosofía acompañada de patata y mahonesa te pasarán factura…- bromea una compañera.  
  • ¿Factura? Factura pasan las grandes cenas, de esas que dicen “están las sepulturas llenas” -aunque ninguno de sus ocupantes lo haya desmentido-. Yo tengo todo el día para digerir un simple bocata de tortilla, además del blanco y negro con habitas que pienso tomarme en la comida. Eso sí, por la noche un yogurcito y a dormir.

Continúa Miguel subiendo y bajando de un piso a otro los carritos. En el enorme ascensor algunos clientes le miran con desprecio. ¿Será porque les impide la subida o la bajada, o acaso le ven como animal domesticado en un concurso de tira, siempre teniendo que ir dos pasos por detrás del amo? 

“¡Ya casi está! Las nueve de la noche” piensa mientras mira el reloj cuya corona se ha hundido en su muñeca hasta casi herirla. 

Los carros del interior están dispuestos y ordenados, cada uno en su piso. La megafonía anuncia el cierre y Miguel observa con enfado a los clientes que a última hora se empeñan en deshacerle la faena. Los mira con el odio del trabajador explotado hasta en lo psíquico. “¡Largo ratas inmundas! ¿No habéis tenido todo el día?”

La reja metálica se queda entrecerrada. 

  • Miguel, date una última vuelta por la manzana por si alguien se ha dejado alguno fuera, le dice el encargado mientras le entrega un par de bolsas de productos caducados.  No sé que haces con toda esta comida, añade.  Miguel suspira, ya sólo le quedan apenas unos minutos.

Un carro en un zaguán, otro pegado en un alcorque. Persigue a un par de gitanillos que juegan haciendo carreras con otros dos carros. Los alcanza y les riñe. Como todas las noches se ha entretenido demasiado, pero por fin ha terminado su trabajo. “Un buen botín”, se dice con orgullo. 

Discurre por la calzada una enorme oruga, uniformidad de carros metálicos encajados uno sobre otro que busca, en ondulante movimiento, una salida para subirse a la acera. Hay un coche aparcado en la entrada del garaje del supermercado. El encargado ha cerrado ya la puerta y se ha ido. Son las diez y cuarto de la noche. 

Con un último esfuerzo se dirige al parque. Hay varias personas reunidas en los bancos.  Todos se alegran al verle y le saludan. Con su ayuda dispone los carros en un inmenso círculo y en su interior Miguel, junto con otros,  se acomodan en grandes cajas de cartón. Uno de los vagabundos le ofrece un yogur de una de las bolsas. Otra se acurruca a su lado bajo una vieja manta. 

- No te preocupes Miguel , susurra un joven drogadicto cuyos alucinados ojos brillan en la oscuridad como luciérnagas, he traído al perro…. por si atacan los indios. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Textos para lectura previa de cara a la última clase

TRANSIRAK MR.PERFUMME ¿Quién podría amar a una medio máquina? ¿Quién sería capaz de bucear bajo su gruesa capa de metal? ...