15:51 fue la hora en la que pasé mi ficha al salir de la oficina aquel maldito jueves de Mayo. 15 era tu número favorito. El día quince de hace cinco años empezamos a salir. Era quince cuando me dejaste tirado en el bar de Raúl con 5 rosas en mi mano y la intención de comenzar una vida juntos. Era una señal. Había llegado el momento de recuperarte.
Te mudaste pocos meses después de terminar conmigo. O más bien con lo nuestro, que soy yo. Maldita zorra. No te ofendas, recuerdo cuanto te encantaba que te lo dijera mientras te follaba. Me apartaste de tu vida sin piedad ni amago de arrepentimiento. Cada vez que nuestros caminos se cruzaban, tu volvías a desaparecer deliberadamente.
El destino me guiaría a ti. Estaba escrito. Subí al bus y bajé en la parada número quince. Caminé sin rumbo ni sentido, guiado únicamente por el verde de los semáforos y tu recuerdo en caras extrañas. Ví tu nariz en la niña que corría hacia el parque, y allí reconocí tu olor en la señora de las gafas horteras. La observé y seguí hasta el cine. Compré la misma entrada, pedí un asiento cercano y analicé con esmero American Beauty. No pude terminar la película.
Eran las 3:51 de la mañana cuando di con tu portal. Llamé desesperado. Te necesitaba, allí, ahora, pegada a mi.
Quince fueron los minutos que la policía tardó en meterme en el furgón. Reincidente por amor me gustaba autonombrarme, aunque ellos insistían en acusarme de psicópata. Aquella fue la quinta y última vez que pasé la noche en el calabozo del barrio de la luz.
Desde la celda número quince te escribo esta carta de amor. No estes triste, volveré a tu lado. Te quiere, Jesús.
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