miércoles, 4 de marzo de 2020

DE CICATRICES Y OPERACIONES

DE CICATRICES Y OPERACIONES



Mi primera entrada en un quirófano fue a la delicada edad de cuatro años. Un apéndice inútil y lacerante esperaba a ser extirpado. Una operación relativamente sencilla incluso en 1982...pero un quirófano siempre es un quirófano (valga la perogrullada formal de esta clásica construcción para manifestar mi respeto, por no decir otra cosa, a este lugar un tanto tenebroso; aunque, por suerte, aquella edad no me permitía tener un miedo...quiero decir, respeto...excesivamente consciente a mi primera operación). De ahí surgió la marca horizontal de 5 centímetros que se muestra entre mi ombligo y mi ingle derecha. Una cicatriz que me recuerda lo cerca de mí que estuvieron mis padres y mis abuelos en aquellos días de dolor y en ayunas previos a la extirpación, y de alivio y hambre tras despertarme de la anestesia. El bocadillo de salchichón que pedí ansioso a mi padre, cuando ya quedé liberado de aquel nefasto apéndice y todavía en la cama del hospital, es un recuerdo mítico y clásico en mi familia.
La segunda entrada fue bastante tiempo después, con 22 años. Osteocondroma se llamaba lo que hostigaba mi cadera izquierda. Un tumor benigno mezcla de elementos óseos y cartilaginosos. Anestesia total y cuando desperté el dichoso tumor ya no estaba. Una línea vertical de quince centímetros era el único testigo que iba a quedar de aquellas casi tres horas en quirófano. Esta cicatriz me habla de mis padres conmigo antes de la operación y después en la cama de hospital, donde pasé un par de días de recuperación. Pero ya no estaba mi abuelo, que había fallecido cuatro años antes; ya no estaba mi abuela, que estaba impedida en casa sin apenas poder moverse (un año después fallecería). No es mi intención, porque mi talento como escritor no da para tanto, transmitir a nadie que lea esto la pena que sentí después de la muerte de cada uno de ellos, pero lo cierto es que así fue.
La cicatriz en forma de trilobites que domina la espalda desde su parte alta es la que recuerda permanentemente que aquel mes de septiembre de 2013 me extirparon una peca sospechosa que dejó de serlo y de provocar peligro una vez fuera de mi piel. En la sala de espera previa a mi entrada al pequeño quirófano me acompañaba mi madre. Era la misma sala en la que cinco años y medio después yo la acompañaba a ella antes de que entrara en otro quirófano, esta vez para sufrir una operación de mucha mayor importancia y mucho más seria: la extracción de un tumor en el riñón no es poca cosa. Pero ahí estuvo mi increíble madre despertando horas más tarde de la anestesia y venciendo al monstruo.
La pequeña marca oculta por el pelamen del pecho y situada justo al lado del pezón derecho habla de otra extirpación de nevus en agosto de 2018. Menos de un mes después me esperaba otra sala de hospital muy especial, la que me ha dado la mayor alegría de mi vida sin paliativos: un paritorio. Cierto es que hasta que no fue efectivo completamente el efecto de la epidural inyectada, aquel día no había sido el mejor en la vida de mi novia, pero desde el momento en que apareció la cabeza de nuestra hija por su vagina, sanguinolenta y hermosa al mismo tiempo, el cambio fue radical. No había otra cosa que felicidad.
Unas cicatrices que son testigos de momentos vividos con intensidad, que encierran unos recuerdos imborrables, sí...pero prefiero que ningún recuerdo venga ya más de la mano de un quirófano.


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