DE CICATRICES Y OPERACIONES
Mi
primera entrada en un quirófano fue a la delicada edad de cuatro
años. Un apéndice inútil y lacerante esperaba a ser extirpado. Una
operación relativamente sencilla incluso en 1982...pero un quirófano
siempre es un quirófano (valga la perogrullada formal de esta
clásica construcción para manifestar mi respeto, por no decir otra
cosa, a este lugar un tanto tenebroso; aunque, por suerte, aquella
edad no me permitía tener un miedo...quiero decir,
respeto...excesivamente consciente a mi primera operación). De ahí
surgió la marca horizontal de 5 centímetros que se muestra entre mi
ombligo y mi ingle derecha. Una cicatriz que me recuerda lo cerca de
mí que estuvieron mis padres y mis abuelos en aquellos días de
dolor y en ayunas previos a la extirpación, y de alivio y hambre
tras despertarme de la anestesia. El bocadillo de salchichón que
pedí ansioso a mi padre, cuando ya quedé liberado de aquel nefasto
apéndice y todavía en la cama del hospital, es un recuerdo mítico
y clásico en mi familia.
La
segunda entrada fue bastante tiempo después, con 22 años.
Osteocondroma se llamaba lo que hostigaba mi cadera izquierda. Un
tumor benigno mezcla de elementos óseos y cartilaginosos. Anestesia
total y cuando desperté el dichoso tumor ya no estaba. Una línea
vertical de quince centímetros era el único testigo que iba a
quedar de aquellas casi tres horas en quirófano. Esta cicatriz me
habla de mis padres conmigo antes de la operación y después en la
cama de hospital, donde pasé un par de días de recuperación. Pero
ya no estaba mi abuelo, que había fallecido cuatro años antes; ya
no estaba mi abuela, que estaba impedida en casa sin apenas poder
moverse (un año después fallecería). No es mi intención, porque
mi talento como escritor no da para tanto, transmitir a nadie que lea
esto la pena que sentí después de la muerte de cada uno de ellos,
pero lo cierto es que así fue.
La
cicatriz en forma de trilobites que domina la espalda desde su parte
alta es la que recuerda permanentemente que aquel mes de septiembre
de 2013 me extirparon una peca sospechosa que dejó de serlo y de
provocar peligro una vez fuera de mi piel. En la sala de espera
previa a mi entrada al pequeño quirófano me acompañaba mi madre.
Era la misma sala en la que cinco años y medio después yo la
acompañaba a ella antes de que entrara en otro quirófano, esta vez
para sufrir una operación de mucha mayor importancia y mucho más
seria: la extracción de un tumor en el riñón no es poca cosa. Pero
ahí estuvo mi increíble madre despertando horas más tarde de la
anestesia y venciendo al monstruo.
La
pequeña marca oculta por el pelamen del pecho y situada justo al
lado del pezón derecho habla de otra extirpación de nevus en agosto
de 2018. Menos de un mes después me esperaba otra sala de hospital
muy especial, la que me ha dado la mayor alegría de mi vida sin
paliativos: un paritorio. Cierto es que hasta que no fue efectivo
completamente el efecto de la epidural inyectada, aquel día no había
sido el mejor en la vida de mi novia, pero desde el momento en que
apareció la cabeza de nuestra hija por su vagina, sanguinolenta y
hermosa al mismo tiempo, el cambio fue radical. No había otra cosa
que felicidad.
Unas
cicatrices que son testigos de momentos vividos con intensidad, que
encierran unos recuerdos imborrables, sí...pero prefiero que ningún
recuerdo venga ya más de la mano de un quirófano.
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