Frente
al espejo, recorro con la mirada mis cicatrices. Algunas han marcado un antes y
un después en mi vida. Esas, las que duelen, son las que os voy a mostrar:
Nací
en casa, en familia. Fue un parto tan difícil que la matrona me lastimó el brazo
derecho. Durante años, gracias a que mis padres hicieron un gran sacrificio
para llevarme a un masajista y a mis ganas de volar, trabajé duro para recuperar
la movilidad. Aunque con algunas limitaciones, mi infancia transcurrió dentro
de lo normal. Mi padre nunca quiso que me vieran como a una niña incapacitada y
se empeñó en que asistiera al colegio como todos los demás. Logró que olvidase
mi problema. Estudié sin complejos y logré sobresalir por mis buenas notas. Eso
provocó que algunos me recordasen que siempre sería especial. Me llamaron «manca».
Aunque me hería, me hizo más fuerte.
Aquellos
once centímetros de cicatriz que me dejó la apendicitis dolieron muchísimo. No por
la operación, sino porque ya no teníamos a papá. Nos dejó muy pronto y sin
esperarlo. Antes de esto, pensaba que mamá era muy débil, pero me equivocaba. No
sé de donde sacó las fuerzas, pero nos acogió bajo sus alas cuando se
transformó en un dragón protector y valiente. Aprendí que la vida te cambia en
un instante, que hay que ser independiente y a valerme por mí misma.
Trabajé
y estudié sin descanso. Cuando menos me lo esperaba, empecé a cojear de mi
pierna derecha. Tras tres operaciones de cadera, me quedó una profunda cicatriz
y una prótesis. Añadió una nueva incapacidad a mi cuerpo y un gran parón profesional.
Me sentí tan vulnerable, pero, en lugar de hundirme, se convirtió en un
revulsivo y volví a trabajar con la ayuda de una muleta.
También
poseo una hermosa cicatriz invisible en la cabeza. Entre operación y operación
de cadera, me extirparon un macro adenoma hipofisiario. Se trataba de un tumor
benigno, pero, por su tamaño y ubicación, no existía otro tratamiento que la cirugía.
Aunque accedieron por la nariz y todo salió muy bien, me dejó como regalo una
enfermedad crónica. Cambió de nuevo mi forma de ver la vida. Carpe diem,
fue mi lema desde entonces.
No
tuve mucho tiempo para celebrar mi suerte. Mi pierna derecha empezó a quedarse
dormida. Una hernia discal tuvo la culpa. Tras la cirugía de espalda, recuperé
la movilidad, pero añadí una gran cicatriz en las lumbares y un nuevo dolor en
el lado izquierdo de la espalda, que antes no tenía. Tres veces más pasé por el
quirófano, De allí salí con una prótesis nueva y una incapacidad permanente que
ha dado un giro inesperado a mi vida. Al principio, sentí cómo mi tiempo se
detenía, perdí mi independencia y las ganas de vivir. Pero de pronto, descubrí
las redes sociales y empecé a escribir. Al principio, fueron tuits. Después
crecieron mis letras, llegaron los microrrelatos y la poesía japonesa.
He
recuperado de nuevo la ilusión por aprender, por seguir creciendo. Soy aprendiz
de relatos y de poesía. He descubierto que la incapacidad es solo física. En mi
cabeza aún queda espacio para la belleza y para las emociones, pero he de saber
cómo expresar todo lo que guardo dentro, a mostrar todas las cicatrices interiores
que me golpean el pecho y desean salir.
Estas
son las marcas tatuadas en mi piel que han cambiado mi cuerpo y mi mente. Es el
mapa de mis cicatrices lo que me ha mostrado el camino que me ha traído hasta aquí.
Pilar Alejos.
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