jueves, 5 de marzo de 2020

EL MAPA DEL TESORO


Frente al espejo, recorro con la mirada mis cicatrices. Algunas han marcado un antes y un después en mi vida. Esas, las que duelen, son las que os voy a mostrar:
Nací en casa, en familia. Fue un parto tan difícil que la matrona me lastimó el brazo derecho. Durante años, gracias a que mis padres hicieron un gran sacrificio para llevarme a un masajista y a mis ganas de volar, trabajé duro para recuperar la movilidad. Aunque con algunas limitaciones, mi infancia transcurrió dentro de lo normal. Mi padre nunca quiso que me vieran como a una niña incapacitada y se empeñó en que asistiera al colegio como todos los demás. Logró que olvidase mi problema. Estudié sin complejos y logré sobresalir por mis buenas notas. Eso provocó que algunos me recordasen que siempre sería especial. Me llamaron «manca». Aunque me hería, me hizo más fuerte.
Aquellos once centímetros de cicatriz que me dejó la apendicitis dolieron muchísimo. No por la operación, sino porque ya no teníamos a papá. Nos dejó muy pronto y sin esperarlo. Antes de esto, pensaba que mamá era muy débil, pero me equivocaba. No sé de donde sacó las fuerzas, pero nos acogió bajo sus alas cuando se transformó en un dragón protector y valiente. Aprendí que la vida te cambia en un instante, que hay que ser independiente y a valerme por mí misma.
Trabajé y estudié sin descanso. Cuando menos me lo esperaba, empecé a cojear de mi pierna derecha. Tras tres operaciones de cadera, me quedó una profunda cicatriz y una prótesis. Añadió una nueva incapacidad a mi cuerpo y un gran parón profesional. Me sentí tan vulnerable, pero, en lugar de hundirme, se convirtió en un revulsivo y volví a trabajar con la ayuda de una muleta.
También poseo una hermosa cicatriz invisible en la cabeza. Entre operación y operación de cadera, me extirparon un macro adenoma hipofisiario. Se trataba de un tumor benigno, pero, por su tamaño y ubicación, no existía otro tratamiento que la cirugía. Aunque accedieron por la nariz y todo salió muy bien, me dejó como regalo una enfermedad crónica. Cambió de nuevo mi forma de ver la vida. Carpe diem, fue mi lema desde entonces.
No tuve mucho tiempo para celebrar mi suerte. Mi pierna derecha empezó a quedarse dormida. Una hernia discal tuvo la culpa. Tras la cirugía de espalda, recuperé la movilidad, pero añadí una gran cicatriz en las lumbares y un nuevo dolor en el lado izquierdo de la espalda, que antes no tenía. Tres veces más pasé por el quirófano, De allí salí con una prótesis nueva y una incapacidad permanente que ha dado un giro inesperado a mi vida. Al principio, sentí cómo mi tiempo se detenía, perdí mi independencia y las ganas de vivir. Pero de pronto, descubrí las redes sociales y empecé a escribir. Al principio, fueron tuits. Después crecieron mis letras, llegaron los microrrelatos y la poesía japonesa.
He recuperado de nuevo la ilusión por aprender, por seguir creciendo. Soy aprendiz de relatos y de poesía. He descubierto que la incapacidad es solo física. En mi cabeza aún queda espacio para la belleza y para las emociones, pero he de saber cómo expresar todo lo que guardo dentro, a mostrar todas las cicatrices interiores que me golpean el pecho y desean salir.
Estas son las marcas tatuadas en mi piel que han cambiado mi cuerpo y mi mente. Es el mapa de mis cicatrices lo que me ha mostrado el camino que me ha traído hasta aquí.

Pilar Alejos.      
           

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